Parque Nacional Río Pilcomayo
Formosa
La vida silvestre discurre aquí plena y a salvo de agentes nocivos. Las tres clases de monos que existen en el país conviven con especies en riesgo de extinción, tapires - los mamiferos más grandes de América del Sur -, pumas, gatos monteses y ñandues.
El aguará azul ganó el sitial de "emblema" del parque. Para afirmar su autoridad, emite por la mañana y al atardecer una suerte de doble ladrido, que interrumpe el silencio. El aviso parece dirigido a los forasteros porque la fauna ni se inmuta.
Se puede percibir en la laguna Blanca, donde una pareja de yacarés ñatos asoman sus trompas entre los camalotes, pega un salto y repta pesadamente sobre una pasarela de madera. Como para que quede claro aquí cada poblador está dispuesto a brindar su propio espectáculo.
La espesura auática - delicadamente acariciada por una brisa - deja algunos claros que permiten ver carpinchos y cuela los sonidos de una multitud de aves. El fondo playo de la laguna anima a tres ornitólogos a bañarse entre tarariras, bagres, moncholos y palometas.
Los expertos en pájaros dejan de deleitarse con la profusión de cardenales, caranchos, macáes y horneros y asisten a un momento sublime, el sol acaba de dejar su lugar a la luna, que vuelca un fulgor blanco sobre los muelles, las pasarelas y la laguna.
Saltos de Moconá
Misiones

Tras 80 kilómetros de selva cerrada desde El Soberbio, por el confín oriental de Misiones, la naturaleza vuelve a demostrar su generosa sabiduría. Justo allí donde el río Pepirí Guazú se cruza con el Uruguay y el arroyo Pepirí Miní, se descorre el velo de helechos y árboles gigantescos enlazados por lianas u la vista se regocija con un espectáculo único. Una fractura longitudinal del lecho genera dos niveles paralelos a lo largo de 3 km, para verter el agua de costado y formar los Saltos de Moconá.
Entonces una atmósfera de neblina cruzada por arco iris, pájaros inquietos, mariposas de colores y piedras tan rojas como la tierra oxidada de hierro aparece mágicamente a manera de bello complemento. Al mismo tiempo, resurgen superpuestas las imagénes de los silenciosos pobladores que la selva paranaense oculta entre El Soberbio - la "Capital nacional de la esencia y las hiervas aromáticas" - y Moconá.
Se recomienda una mejor vista de los saltos desde el Mirador de la Olla, y uno se recrea con la observación silenciosa de esta maravilla única.
Raco
Tucumán

Raco es una escala seductora, ineludible, de ese recorrido de 80 km pavimentados, 20 de ellos por tramos de cornisas, que traspasa microclimas e imágenes que cambian bruscamente al final de alguna curva cerrada o a la par de una esporádica recta.
Al "Jardín de la República" Raco aporta el sosegado valle Raku (redondo) de los indígenas, donde los cerros toman un respiro y, sobre los colores suaves de la ladera, van y vienen puesteros de a caballo y carruajes y campesinos de andar lento y mirada profunda bajan quesos y quesillos a lomo de burro.
Cultivos en terraza que trepan la montaña muestran otro rasgo definitivo, aqui se cosechan a mano y con trineo de palo las mejores hortalizas de Tucumán.
Una vez que hombres esforzados terminan de acarrear leña con bueyes, Raco entrega noches soñadas de luna inmensa y estrellas brillantes. Cantan grillos, loros y lechuzas, mientras que riachos transparentes despiden melodías cada vez que alcanzan la orilla y acarician las piedras.
Famatina
La Rioja

El movimiento del enorme par de alas de un cóndor, el verdadero monarca de Famatina, al norte de la Rioja, despidio un largo "shhhh" y acabó por enmudecer a un trio de aventureros, empequeñecidos al borde de una quebrada. La serrania los rodea por todos lados, inabarcable y plagada de colores vivos salpicados por una nevisca fina que los chileciteños llaman "garrotillo".
Solo pasaron segundos desde que la camioneta 4x4 se alejó de la Mina La Mejicana ( a 4.500 m de altura ) y los caminantes se disponían a desandar un sendero mínimo de 35 km junto a la traza del cable carril, que llevaba toneladas de oro, plata y cobre a Chilecito hasta los años 30. La vista y el sentido de ubicación se obnubilan una y otra vez en las alturas, hasta que la llegada de cada posta de piedra permite recuperar las nociones de tiempo y lugar.
Una curva del Portezuelo de ILLanez muestra la primera imagen de Chilecito. De noche luce borroneada, como una mancha de candelas temblorosas.
Bajo las rocas peladas, que los minerales tiñen de naranja, rojo y amarillo, aflora el coirón ( un arbusto bajo y amarillento ), el suelo se cubre de hiervas aromáticas y es atravesado por hilos de agua fresca.
Alto Ongamira
Córdoba

Los cerros se unen en círculo y dibujan un hoyo en las Sierras Bajas de Córdoba. Esa depresión de brisa perfumada cobija la hostería Dos Lunas, una posta de lujo en Alto Ongamira. Soberbia, iluminada de día por los colores variados que regala el sol y luego por faroles y estrellas, la centenaria casona estilo inglés no exige esfuerzos para regocijarse con una suceción de paisajes soñados.
Todo el entorno es un collar que alterna verdes, amarillos y el rojo fuerte de los terrones, imponentes formaciones arcillosas, surgidas hace 135 millones de años tras el retiro del mar. Entre la línea uniforme de picos que apuntan las nubes, sólo prevalece el Colchequín, de 1.500 metros, el histórico cerro sagrado Charalqueta, de los indios comechingones.
Sobre el colchón de flores rojas y amarillas y ramilletes de peperina y zarzamora que cubren el suelo, vuelan cóndores, águilas, y halcones peregrinos. Entonces, sólo cabe hacer silencio. Una cabalgata o un ciruito de trekking hacia Los Terrones y sus grutas ocultas invitan a regosijarse. Primero sorprende un monte de algarrobos, espinillos, molles, cocos y especies exóticas, que los caballos atraviesan a gusto al ser acariciados por hilos de agua de vertiente.
Deleita el rumor de los chorrillos. Helechos de todo tamaño y siempreverdes refrescan el aire y oscurecen el paseo. La pared de la roca se despoja de su tapiz de musgo verde fosforecente, la vegetación se corre y los terrones se muestran en primer plano, valle de por medio, en forma de diez copos unidos. El caballo suelta un relincho y recibe como respuesta el eco de la piedra colorada.
Potrerillos
Mendoza

En el valle de Potrerillos, Mendoza, abundan las ventanas hacia el paisaje sobrecojedor. Lo decoran los colores fuertes de un dique y su lago, el torrente furioso del río Mendoza que baja como una cola estilizada del Cordón del Plata, cóndores balanceándose sobre el vacío que la Cordillera deja a sus pies y plácidos guanacos que alivian la sed en la costa pedregosa.
El arcilloso cerro Cocodrilo se enfrenta con las líneas curvas que trazan adeptos al trekking sobre la Quebrada del Salto. Mientras el río Blanco se desliza entre rugidos, el río Mendoza arrastra sedimentos, que deposita en la meseta antes de diluirse en el manchón celeste del lago del dique.
Una secuencia de remolinos demanda todos los recaudos necesarios a los que desafian a las inquietas olas en kayak y gomón. Es prematuro soltar la alegría por la experiencia vivida. Ese momento sublime, al que se accede con el chaleco y el casco empapados, está garantizado para una hora después. Desde Cerro Negro hasta Aforadora crecen las emociones del rafting. El río se torna torbellino y las órdenes que imparten los guías para remar e inclinar los cuerpos se diluyen bajo un velo de llovizna espumosa que enturbia el vasto universo andino.
Cerro Abanico
Neuquén

Mientras vigila de cerca las jornadas apacibles de San Martín de los Andes y la placidez del Lago Lácar, el cerro Abanico, casi desplazado a un segundo plano por esas piezas renombradas de Neuquén, se apodera de la vista. Los pliegues inferiores de su ladera verde surgen como una aparición y, de a poco invaden todos los sentidos.
Hombres, frutos, plantas y animales se mimetizan en este paraíso que la comunidad mapuche Curruhuinca custodia con celo, por mandato ancestral. Bajo el cielo más limpio posible, el agua, la tierra, la fauna y el bosque conservan su esencia virgen. Y el hombre se suma sin hacerse notar.
Cada Alazán que cabalga hasta la cascada Quila Quina se toma su tiempo par avanzar sin desviarse del sendero. La fauna del cerro permanece indiferente y los pobladores no dejan de hachar, cargar leña, arrear ovejas y reforestar robles y raulíes sobre una alfombra de flores silvestres. Más arriba el camino se estrecha, muta en una angosta huella que se acomoda con dificultad en la cornisa y una espesa cortina de pellines, cipreses, coihués y radales perfuma, refresca y ensombrece el ambiente.
Del lago se espían vetas celestes y la furiosa cascada que se transforma en el río Quila Quina ocupa el centro de la escena. Una enorme roca plana y troncos talados regalan la privilegiada ubicación para admirar el torrente de deshielo. El glorioso destino final de la cabalgata es un cañadón de pinturas rupestres, las cuevas naturales donde pernoctaban los nativos y la Cueva del León, refugio de pumas en épocas de frío. De fondo sopla una brisa y el bosque responde: apenas cruje.
Dique Ameghino
Chubut

Diez kilómetros antes de llegar al Valle Alsina desde Trelew, en Chubut, el pavimento de la ruta 25 muta en una huella de ripio que cuela entre paredones rojizos de roca basáltica. Después de atravesar las murallas por un túnel que se estira más de 200 metros, se abre paso hacia las primeras manchas, a veces celeste turquesa, otras verde esmeralda, del lago que generó el Dique Ameghino. Por fin la desolada estepa patagónica accede a mostrar otro perfil, más reparador. La vista se empieza a recrear con la panorámica despejada del piletón enmarcado por un collar de piedra colorada.
La ruta insiste en perderse en los fauces de la roca, mientras pirquines ( variedad marrón y gris de ardilla europea ) sobrevolados por jotes andan a los saltos sobre las piedras. El río Chubut parece enredado en infinitas curvas, entre hileras de álamos, eucaliptos, mimbres y sauces.
Desde las alturas, el conjunto parece inmóvil. Pero cobra vida a la par del camino de cornisa que baja. El silencio es quebrado por el trino de los pájaros y crece el bramido del río que apunta hacia el este, apurado por regar la meseta expuesta al viento sin fin.
Monte León
Santa Cruz

La Patagonia cruda, la del viento sin fin que no ceja en su empeñosa rutina de peinar la estepa recubierta por matas descoloridas y mide su fuerza con el mar inmensamente azul, es una puerta abierta a los desafíos en el litoral de Santa Cruz.
En esa región intangible, que desde el siglo XIX hasta 1995 cobijó el yacimiento de guano más explotado del país, emerge el Parque Nacional Monte León, 60 mil ha de campo, costa y mar a 75 km de Puerto Santa Cruz. Las aves volvieron a ser multitud y blanquearon el morro que del reparo más acogedor se había tornado un ámbito hostil. Ahora son casi imperceptibles las marcas dejadas por el hombre: un par de cables de acero que permitían transportar el guano, algún trozo de madera del barco Santiago (hundido en 1520) y un sendero de ripio de 19 km.
El parque forma parte del Distrito de la Mata Negra, matizado por lagunas con cisnes y flamencos y manadas de guanacos, que corretean ante la mirada de pumas y zorros grises y colorados.
El cono perfecto del cerro Monte León (de 320 m, la mayor altura del parque) anticipa la presencia cercana de un morro con forma de león que se eleva 100 m sobre el nivel del mar. Al pie de estos cuerpos espigados y amarillentos, el mar lleva y trae el centenar de habitantes de un apostadero de lobos y elefantes marinos.
Faro Les Eclaireurs
Tierra del Fuego

Todo en Tierra del Fuego remite a la idea de "fin del mundo". Por eso el faro Les Eclaireurs, el vigía de la bahía de Ushuaia, se levanta en las aguas frecuentemente agitadas del canal de Beagle para indicar el abrupto final de un mundo conocido y la entrada a los mares y hielos más vírgenes.
Una cortejo de cormoranes se desliza por la superficie del agua helada y precede al catamarán. Enseguida, se alejan volando y el mar quieto es agitado por pingüinos. La fuerza de un viento gélido, disminuido por las imponentes laderas nevadas de la isla Navarino, llega atenuada desde el sur. Es momento de cargar cámaras y prismáticos, salir a cubierta y regodearse con el festival de aves que recubren la isla de los Pájaros, el primero de los tres islotes que surca el circuito. Colonias de cormoranes, petreles, albatros, squás y reales comparten el roquerío con una veintena de variedades de aves marinas.
En la isla de los Lobos se repite la mágica danza de aves y se suman lobos marinos. Al este se agiganta la silueta alargada del faro y la aleta de un delfín en plena sesión de piruetas sobresale del agua. El sol pega con fuerza y torna el aire frío en una caricia agradable. La primera franja roja del faro se estira casi hasta nuestros pies, reflejada en el azul cada vez más acentuado del canal. Continúa una imagen que el oleale borronea. Hasta que su cuerpo de ladrillos emerge del último puñado de rocas. La figura esbelta es un mojón que impacta. Impone presencia. Detrás de las dos orillas, la Cordillera inmensa muestra sus últimos perfiles. Sólo el faro, brillante y solitario, le hace frente.